Tierra
No me importan ni el campo ni la tierra
ni los árboles ni el río ni el ocaso ni la hierba
ni el paisaje ni la noche ni los pájaros en rama
ni los hielos y el viento ni las tardes dormidas
en pesados silencios
digo en silencio como sin hombres como sin vida,
como sin sangre digo, sin voces, sin heridas.
Pero el hombre que trabaja su pedazo de tierra
el niño que juega con su poco de tierra
las ciudades que ocultan por debajo la tierra
y los hombres que fueron debajo de la tierra
cualquier tierra
confundida la tierra en muchas tierras
para que la sangre luche y muera por la tierra.
Es mentira la tierra, digo, porque la tierra es
las gastadas baldosas de la casa, el pequeño jardín la calle
el juego al que se juega, la escuela de la infancia
el libro de las letras y palabras
el café con la leche
el calor del verano
la primera injusticia el trabajo las voces que conoces
las voces que rodean conmueven y divierten
la voz que reconoces entre las miles voces de la tierra.
Digo la tierra: la charla del amigo de otro amigo de otro amigo
el trabajo diario el cansancio la risa el dolor el vivir,
digo el vivir sabiendo
que todo terminará sobre la tierra
¿qué importan los árboles los campos la noche la tormenta y el río
los pájaros los hielos el viento y el silencio
si no estás tu y tú y tú sobre la tierra?
Quedan los árboles y el río los pájaros en rama
el paisaje la noche los hielos y los vientos
digo y digo: en ese campo hubo el sueño de un hombre
donde los niños juegan ignorantes y felices sobre la tierra
sin saber de la tierra
sin pensar en la tierra
sin ensuciar la tierra
como la tierra
viernes, 19 de diciembre de 2008
nocturno
Nocturno
Venzo a la noche de los tugurios y de las anchas avenidas
con sus luces estridentes para mentir un cielo
de brillantes tarjetas electrónicas y carteras obesas de billetes verdes
bajo la sonrisa servil de quien te lleva las maletas
venzo a todos con estos ojos que adivinan el dolor
de los hombres tras la oscuridad el dulce y pegajoso
semen de los enamorados que se abrazan para intentar
vivir así, morir así ellos solos creyendo que son únicos
para justificar su soledad de tigres perseguidos
hasta el último aliento de la ciudad,
en los cementerios de la chatarra y de los hombres.
Venzo a la noche ciudadana desde mis ojos cansados de tristeza
que han visto a las madres desgarradas no por los partos únicos
sino por los hijos de la enfermedad los hijos de la guerra
los hijos del trabajo que no alcanza los hijos golpeados
por la lujuria y el engaño
los hijos que eligen ser felices para vivir entre los tigres,
que comen con los tigres y un día serán cazados, al fin,
como los tigres.
Venzo a la noche de la ciudad con la imaginación de las batallas
libradas contra los malos de todos los idiomas y religiones
les enrostro a Dios y la falta de alegría
por el semen derramado en las noches de los sueños y el descanso
por haber temido los colmillos del tigre
y no haber visto al tigre, la mirada del tigre
el caminar de terciopelo y oleaje de los tigres.
Venzo a la noche de los tugurios y de las anchas avenidas
con sus luces estridentes para mentir un cielo
de brillantes tarjetas electrónicas y carteras obesas de billetes verdes
bajo la sonrisa servil de quien te lleva las maletas
venzo a todos con estos ojos que adivinan el dolor
de los hombres tras la oscuridad el dulce y pegajoso
semen de los enamorados que se abrazan para intentar
vivir así, morir así ellos solos creyendo que son únicos
para justificar su soledad de tigres perseguidos
hasta el último aliento de la ciudad,
en los cementerios de la chatarra y de los hombres.
Venzo a la noche ciudadana desde mis ojos cansados de tristeza
que han visto a las madres desgarradas no por los partos únicos
sino por los hijos de la enfermedad los hijos de la guerra
los hijos del trabajo que no alcanza los hijos golpeados
por la lujuria y el engaño
los hijos que eligen ser felices para vivir entre los tigres,
que comen con los tigres y un día serán cazados, al fin,
como los tigres.
Venzo a la noche de la ciudad con la imaginación de las batallas
libradas contra los malos de todos los idiomas y religiones
les enrostro a Dios y la falta de alegría
por el semen derramado en las noches de los sueños y el descanso
por haber temido los colmillos del tigre
y no haber visto al tigre, la mirada del tigre
el caminar de terciopelo y oleaje de los tigres.
luis pandolfi
Luis Pandolfi
Cuando despertó esa mañana sabía adónde debía dirigirse después de la ducha y el desayuno pero no recordaba a nadie. Bajó las escaleras desde su segundo piso y se cruzó con algunas personas a las que saludó sin reconocerlas. Una vez en el auto todo fue más familiar: conocía esas calles, el kiosko de prensa, los bares, la desgastada estatua en la glorieta.
Estacionó en la plaza Independencia y se dirigió a sus oficinas en el alto edificio de cristales. De nuevo los saludos de desconocidos en el ascensor, por los pasillos. Otra vez las sonrisas y las respuestas murmurando apenas unas palabras ininteligibles. Una señorita entró en el despacho y dejó unos papeles sobre la mesa.
- ¿Cómo has pasado la noche, Luis?
- Bien, he dormido bien. ¿Usted quién es?.
La mujer lo miró sorprendida. Lo hizo largamente, con curiosidad.
- ¿Me estás cargando?
- No. No sé quién es usted. ¿Quién es?
- ¡Estás cada día más loco!
Desapareció hacia los pasillos. Luis miró por la ventana. Sonó el teléfono y al descolgar una voz que no reconoció le dijo que en cinco minutos habría una reunión en la oficina del gerente.
Cuando llegó a ésta cinco o seis personas se repatingaban en sillones amplios de cuero con carpetas en sus regazos. Quien debía ser el gerente estaba detrás de un gran escritorio negro. La señorita de antes estaba sentada a su lado y se inclinaba para susurrarle algo al oido. Comenzaron a hablar de ventas y de comisiones, al parecer de clientes morosos y medidas cautelares y jurídicas. Más de media hora hablando todos casi al unísono, discutiendo sobre asuntos que le eran familiares, excepto cuando mencionaban personas y apellidos
- ¿Y vos, Luis, qué pensás de esto?. No has abierto la boca en toda la reunión.
Todas las miradas convergieron sobre él. Se sintió incómodo
- Es que....no sé de qué están hablando, farfulló. No les conozco...no sé quienes son ustedes.
Hubo un profundo silencio. No sabía que hacer. Los demás lo miraban sorprendidos, quizás esperando otra frase, una explicación.
- No los reconozco, no. Conozco estos muebles, estos cuadros, reconozco estas carpetas azules pero no sé quiénes son ustedes, de verdad, no lo sé.
El silencio se hizo más espeso, casi doloroso
- ¿ Has visto a un médico?, preguntó uno de los hombres. La mujer miraba alarmada.
- ¿Para qué?...Me siento perfectamente.
Cuchicheaban entre si y lo miraban. No supo cuánto tiempo pasó. El hombre detrás del escritorio hizo una señal con su brazo y los demás fueron desapareciendo.
- ¿Qué te sucede, Luis?. Nos estás preocupando a todos
Quedó un rato en silencio. El hombre le observaba y su mirada ciertamente reflejaba interés, casi diría que cariño. Pero no podía descifrar de quién se trataba. Hizo un gran esfuerzo por recordar esa cara mofletuda, esos anteojos negros, el pelo rubio casi pelirrojo.
- No lo sé, no lo sé. Conozco este lugar, te lo aseguro, conozco este escritorio y estos sillones. Incluso me parece haber visto antes esos cuadros en las paredes y esta alfombra, pero no te conozco a vos, no sé quién sos.
- Me estás tomando el pelo. Si lo que decís es cierto, explicáme entonces cómo has llegado hasta aquí.
- No lo sé, casi gritó. ¿Es que me querés volver loco?. Conozco las calles y los edificios, no soy un boludo, ¿sabés?. Pero no te conozco a vos ni a ninguno de los que estaban aquí. ¡Déjenme tranquilo!.
- ¿Sabés lo que tenés que hacer?. Tomáte unos días. Descansá bien. Seguramente has estado trabajando mucho. El estrés, ¿sabés?, el estrés que nos tiene mal a todos. Es una vida de locos. Te doy permiso. Mirá, hoy es miércoles. No volvás hasta el lunes. Reponéte y volvé el lunes, el lunes, sí. Ya se encargará Marta de llevarte tu trabajo. Ahora andáte, andáte y no me andés preocupando a los demás.
Por los pasillos la gente lo miraba como sorprendida y cuchicheando. Sentía los ojos a su espalda y un rumor de voces indescifrables. La misma chica de siempre se puso a su lado como para acompañarle al ascensor. Debía ser Marta. Lo tomó por el brazo y le sonrió suavemente.
-Todo se va a arreglar, Luis, ya verás. Cuando entraba en el ascensor se le acercó más y le dijo casi al oido: "Te veré esta tarde, cariño, a la hora de siempre".
Después de almorzar en el boliche de la esquina, escuchando saludos de algunos parroquianos y sin poder reconocer a ninguno de ellos, Luis volvió a su departamento cerca de la plaza de los Olímpicos. Desde el balcón se veían las copas de los árboles como un tapiz verde y se escuchaban los gritos de los niños del colegio ubicado a unos cincuenta metros a la derecha. La calle estaba vacía, silenciosa. De vez en cuando un transeúnte con pasos tranquilos buscaba las sombras de la vereda para escapar del inclemente sol de febrero.
Puso música en el tocadiscos. Una sinfonía de Mozart. Al lado del aparato una foto en la que se reconoció al lado de Marta. ¿Quién sería esa mujer?. ¿Por qué reconocería las cosas y no a las personas?.
Dormitaba en el sillón cuando escuchó el ruido de la puerta al abrirse. Era Marta. Se acercó a él, dejó la cartera en una silla y se sentó en su regazo. Le dio un beso suave en la boca y sonrió.
- ¿Andás mejor, mi amor?
- ¿Por qué me llamás mi amor?. No sé quién sos. ¿No te das cuenta?. No sé quién sos, casi gritó, desprendiéndose del abrazo de la mujer y poniéndose en pie.
Ella lo miró preocupada.
- ¿Qué te anda pasando, Luis?. No puedo creer que no me reconozcas.
No contestó. Ella también se puso nerviosa. Corrió hacia la foto, la agarró y la mostró
- Decime una cosa. ¿No reconocés esto?. ¿No estamos juntos aquí?. ¿No llevamos más de seis meses juntos? ¿No te acordás -esgrimía la foto como un arma- cuando estuvimos en aquella casita de Piriápolis junto a la playa?. ¿Qué hacías, eh, qué hacías?. ¿Cogías conmigo y no sabías lo que hacías ni con quién?. Vení, vení.
Lo tomó de la mano y le arrastró al dormitorio. Abrió el ropero grande y sacó unas perchas.
- ¿Sabés de quién son estos vestidos?. ¿No lo sabés?. Son míos, sabélo de una vez, míos. Y estos calzones también, y esta cartera marrón. Y el cepillo de dientes verde que está en el baño. Es mío, mío, todo mío. Ahora decís que no recordás. ¿Qué carajo te pasa? ¿Quién te creés que sos para adoptar esa actitud?. ¿A qué mierda estás jugando?.
Luis volvió al living, se dejó caer sobre el sillón y se la quedó mirando fijamente sin decir nada. Ella le observaba y se sentó mirándolo cara a cara. Cinco, diez minutos. ¿Qué podía decir?. Sólamente sostenía su mirada y se frotaba las manos con nerviosismo. La sinfonía había terminado y el silencio llenaba la habitación. El silencio es bueno, pensó, todo debía ser silencio. No hay nada que decir, nada que hablar. No tengo sentimientos, pensó, porque esta mujer parece sufrir y no sé porqué. Debo haberla querido, sí, debo haberla querido. Y si ella está aquí es que debo quererla aún. No, no, es al revés, ella debe quererme a mi. Ella sabe quién soy, seguro que lo sabe. ¿Qué puedo hacer?. Es que no recuerdo, no recuerdo nada. Si recordase sabría algo de mi mismo. Debo tener unos treinta años, pero eso no importa porque no lo sé. Sí, claro que importa. Me deben haber pasado muchas cosas en estos treinta años. Tiene unas bellas piernas. Siento un cosquilleo dulce aquí abajo cuando las miro. Y sus labios son carnosos y sus ojos negros profundos. Está preocupada, se la ve. La oficina era amplia, cómoda, bien amueblada, de modo que debo ser algo importante en ella. Y si la reunión era de jefes, yo soy jefe. ¿Por qué no me dice nada?. ¿En qué está pensando?. Tampoco sé bien cuándo me ocurrió esto, si es que algo me ha ocurrido. Si ellos me conocen y saben de mi es porque he hecho algo con ellos. Es aterrador: me conocen, saben todo de mi y yo los ignoro. Ahora sonrie. ¿Qué le habrá hecho gracia?. Ellos están en ventaja. Ellos saben, sí, ellos saben y yo no. Pueden dominarme si quieren. Lo mejor es no hablar, no hablar.
- Eres como un niño, casi adivinó ella.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué qué?. Te ves tan desvalido. ¿Es verdad que no recordás?
- A vos no te recuerdo
- Vení.
Le tomó de la mano y lo condujo otra vez al dormitorio. Comenzó a desnudarse. La camisa. La pollera. El la miraba sin comprender bien lo que estaba pasando pero el cosquilleo se hizo más intenso. Se acercó a él. Lo abrazó y durante un rato no se movió, apoyada la cabeza en el pecho del hombre. Luego fue desprendiendo los botones de su camisa y se la sacó completamente. Le acarició el pecho, le desprendió el cinturón y comenzó a bajarle los pantalones. Su sexo crecía por momentos y lo invadían oleadas de calor y de placer. Lo sentó en el borde de la cama y lo empujó hasta dejarlo tendido totalmente. El cerró los ojos mientras ella le quitaba los calzoncillos. Sintió un sacudón dulce, profundo, cuando ella comenzó a acariciarle el sexo lentamente y su boca se acercó a sus labios. Primero lo besó suavemente, apenas unos roces; luego su lengua le destrabó la boca y se introdujo en ella paladeando su interior.
- ¿Te gusta?
- Si, mucho
Ella volvió a besarlo profundamente mientras su mano le acariciaba el sexo. Las manos de Luis comenzaron a recorrer su espalda y sus pechos duros, cálidos. Bajó la cabeza hasta ellos y los chupó con pasión. Ella le cabalgó. Sonreía y le pasaba las manos por el pecho y la cara. Tomó su sexo con una mano y comenzó a introducírselo lentamente. Luis creía que iba a reventar. Marta se bamboleaba con lentitud, cerrando los ojos mientras él le acariciaba los pechos suavemente.
- ¿Me querés?, preguntó ella
- Creo que si, respondió
Marta sonrió. A medida que subía y bajaba apretaba con más decisión el sexo del hombre. El se sentía desfallecer de placer. Ella aceleró sus movimientos. Su cabello negro iba para atrás y adelante, atrás y adelante, en un movimiento de sudor y fiebre. Luis sintió que algo iba a explotar, a explotar, a explotar. Terminó en un estertor cuando Marta jadeaba y gritaba como posesa. Ella se recostó sobre su pecho, los ojos cerrados. El abrió los suyos completamente. En el techo de la habitación el sol alargaba la sombra de la lámpara que se quebraba en la pared de enfrente. Pasaron unos minutos.
- ¿Mañana vas a recordar esto?, preguntó ella
- Creo que si, respondió él. ¿Lo haciamos muchas veces?
- Todas las que podiamos aunque, sonrió, últimamente estabas un poco vago
- ¿Cómo me llamo?
- Luis Pandolfi. Tenés treinta y dos años y trabajás como abogado en una firma de importación y exportación.
-¿Y de dónde vengo?
- ¡Ay, Dios mío, qué paciencia!. Naciste en Pando, de "buena" familia. Estudiaste en Montevideo. Tenés un hermano en aquella ciudad. Y tenés amigos: Samuel, Pancho, Federico, Antonio. ¿Qué más querés saber?.
- ¿Cómo y cuándo te conocí a vos?
- En el trabajo, ¿dónde va a ser?. ¿No sabés que en el trabajo es donde la gente se conoce más?. Algunos terminan casándose pero la mayoría sólo cogiendo. Vos eras la estrella en aquel momento. Y sólo yo sé que estuviste preso una vez, pero unos días nada más.
- ¿Preso yo?. ¿Por qué?
- Decían que eras tupa. Fue antes del golpe. Te soltaron a la semana. No pudieron probarte nada. ¿No te acordás de todo eso?
Cuando Marta se fue, Luis prendió la televisión. A principios de 1986, decían, los guerrilleros habían hecho su primer acto político. Aparecía un señor de pobladas cejas diciendo que nunca más a la violencia y a la subversión y otro que hablaba de la historia democrática del país. Después, una telenovela argentina de amores y desamores. Y en el informativo se hablaba de Penarol y la Copa América. Conocía esos colores, sí, los conocía. Se acordaba del fútbol, del estadio, de aquella gloriosa final de 1966 contra el Real Madrid.
Bajó corriendo a comprar los diarios, volvió a su casa y los desplegó sobre la mesa. Leyó apasionadamente todo, hasta los anuncios clasificados. Cuando la penumbra comenzó a rodearlo, nuevamente entró Marta cargada de paquetes.
- ¿Qué haces aquí de nuevo?
- Vivo aquí, ¿o te has olvidado?. Mejor dicho, bromeó, te sobrevivo aquí. ¿Has estado leyendo la prensa?.
- Si, quería enterarme
- Da lo mismo, en este paisito nunca pasa nada y cuando pasa es catastrófico. Mejor no enterarse.
Esa noche hicieron nuevamente el amor y Luis comenzó a reconocer el cuerpo de Marta. Al día siguiente, cuando ella se fue a trabajar, él decidió salir a pasear por la ciudad. Recorrió en su automóvil casi todos los barrios, tomó café en varios boliches y caminó por el Prado. Le gustó perder el tiempo, no tener que ir a esa oficina donde no conocía a nadie ni ocuparse de cosas que ya no entendía.
Marta había invitado a Samuel y Federico. El primero era apasionado, verborrágico, se atragantaba con las palabras y quería vencer, siempre vencer, en las discusiones. Federico era todo lo contrario: meditaba, o parecía meditar, todo lo que decía, elegía las palabras, dejaba hablar y luego se solazaba en mostrar su erudición en todos los temas. Marta parecía contenta, como si no pasara nada, como si todo fuera igual que siempre. Luis no hablaba y los demás le miraban a veces con preocupación y premura, tratando de dar pie con sus palabras a alguna respuesta suya.
- Lo siento mucho, se oyó decir, sé que quieren ayudarme, pero es que no los conozco y ni siquiera sé de lo que hablan.
- Entonces, querido, dijo Federico, vos sos como la bomba de neutrones, que mata a las personas y no las cosas. De ahora en adelante te llamaremos Neutrón.
Todos rieron la salida del amigo. El médico al que le llevaron no se rió. Era un psiquiatra reconocido, por lo visto. Pero no supo decir nada. "Estos casos -dijo a Marta- son muy raros y, además, difíciles de diagnosticar y curar ya que si el enfermo no recuerda nada parece inútil tratar de indagarle en su pasado. Además, la amnesia en Luis también es muy rara porque recuerda la ciudad, sabe conducir auto, se desenvuelve bien en las cosas de la vida cotidiana. Lo único es que no recuerda a las personas. Digamos -terminó- que es como un niño que conoce toda la geografía de su vida pero ha olvidado la historia".
- Y el muy pelotudo, explicó Marta a Samuel, se quedó tan satisfecho con su frase ingeniosa.
Esa noche Luis esperaba a Marta en la cama. La mujer recogía las cosas de la cena y se escuchaban ruidos de platos y cacerolas. No era malo vivir así, se dijo. Marta me quiere y estoy bien con ella. El problema es el trabajo. He leido algunos informes que me ha traido Marta y los reconozco. Incluso ha dicho, cuando le he explicado cómo actuar en un caso, que eso era lo adecuado. Podía volver a trabajar. "Pero, claro, dijo ella, te tendrán que dar casos nuevos, de nuevos clientes, para que conozcás todo a la vez, el cliente y el asunto. Imagináte si te dan un caso viejo y llegas a decir que no conocés al cliente. Se marcharía a otro estudio. Así que lo del trabajo está arreglado. Hablaré mañana con el gerente y le diré que necesitás otros quince días de reposo. Mientras tanto, yo te ayudo a estudiar las carpetas para que te volvás a acostumbrar y te traeré unos libros para que estudies tus leguyerías".
Cuando Marta comenzó a desnudarse él tuvo una erección instantánea. Ella se abalanzó sobre su cuerpo e inició una felación lenta y profunda. Luis gemía de placer. Ella se levantó, le tomó de la mano y le hizo poner de pie. "Ahora, dijo, quiero de otra forma". Se arrodilló en el borde de la cama y él se acercó a ella y la penetró desde atrás. Se movieron acompasadamente, acelerando, acelerando, intentando Luis atraer sus caderas hacia él para que su cuerpo no se le escapase hasta que estallaron en un rugido áspero, largo. Se recostaron agotados.
- ¿Sabés, dijo ella?. Es mejor así
- ¿Cómo así?
- Sí, que no sepas nada, que todo tengás que aprenderlo otra vez. Que sea yo quien te enseñe todo lo que debés aprender.
Luis sonrió. Hacía mucho tiempo, no recordaba cuánto, que no sonreía.
Volvió al trabajo y aprendió los nombres de todos sus compañeros por segunda vez. Le apreciaban pero pronto se dio cuenta de que le daban los casos fáciles, que jamás iban a volver a confiar en él. Ni siquiera lo hicieron cuando sacó adelante una importación de productos por dos millones de dólares para un cliente poderoso del interior aliviándole de numerosos pagos en oficinas estatales.
Marta lo cuidaba tanto que le decía con quién y con quién no debía relacionarse, cómo debía comportarse en todo momento, cuándo salían a pasear o al cine y con quién. Marta imponía su poder sobre él a todos y los amigos llegaban a su casa y se iban al poco rato. "Es que, decía ella, se ponen nerviosos porque hablan y hacen bromas del pasado, cuentan anécdotas y vos ni te enterás, no sabés de qué se trata. Las personas se ponen nerviosas con quien no los reconoce, ¿sabés?."
- Pero ellos me conocen a mi
- Pero no te tienen. Tienen un pasado de vos que tampoco reconocés
- Y vos, ¿por qué seguís conmigo?
- Porque yo te quiero. Es distinto entre un hombre y una mujer.
Es verdad, pensó Luis. Entre un hombre y una mujer es otro idioma. La cosa es más íntima. No necesitan conocerse. Se aman, se necesitan, se cogen y están bien. Pero tengo que conocer a los demás para vivir. Debo conocerlos incluso para poder hablar con Marta de algo que no seamos sólo ella y yo. ¿De qué carajo hablaban Adán y Eva?. Debían aburrirse como ostras. Por eso Caín mató a Abel, por aburrimiento. El crimen es siempre contra los demás. Sin los otros no hay crimen, no puede haberlo. Con los otros puedes ser tú mismo la víctima. Es el riesgo, qué joder. No podemos vivir sin los otros, estamos jodidos, pero los otros a menudo no nos dejan vivir. Acabo de escuchárselo en la tele a un político de izquierda: "Sin violencia no hay solución en Latinoamérica pero en Latinoamérica la violencia no es solución". Palabras, palabras. Nos rodean las palabras. Los otros quieren reconocerse en nosotros, no reconocerse ellos mismos. Les unen las anécdotas, la historia en común pero, sobre todo, el hecho de que creen conocer a los demás. No es que no quieran hablar conmigo; lo que desean es que yo diga lo que ellos quieren oir. Lo he visto claro: cuando Samuel dice algo, Federico le replica explicándole porqué lo ha dicho pero no contesta realmente a sus palabras. Así que las palabras no importan, lo que importa es que alguien nos diga lo que ya sabemos, que nos ayude a ser sólidos, seguros de nosotros mismos. Queremos reflejarnos en los demás y ver una figura atractiva, queremos que los demás nos vean como nosotros nos vemos. "Es distinto entre un hombre y una mujer", ha dicho la muy inteligente. Se creerá inteligente. Pero no es lo mismo con una mujer y otra mujer. Es distinto, cada una con sus palabras, con la historia que tienen. Yo no tengo historia, claro. Sí, sí tengo, lo que sucede es que la tienen los demás pero no yo mismo. Eso les molesta a los amigos, que tienen mi historia pero yo no tengo la suya. La memoria es siempre la culpable. En mi no encuentran apoyos para vivir. Necesitan que se los conozca, que se los quiera por cómo creen que son. "Es distinto entre un hombre y una mujer". ¡Vaya frasecita de teleteatro barato!. No me quiere, claro. O sí me quiere, ¡qué se yo!, pero le soy útil. Coge conmigo, habla conmigo, hace lo que quiere conmigo, me conduce por la vida. Por eso dice que me quiere, la muy jodida. Porque todos estamos solos y ella ha logrado tener un hombre en sumisión, totalmente dependiente de ella. Me quiere porque me enseña, porque ha ganado la lucha por el poder.
Cuando esa noche Marta llegó a la casa, Luis estaba sentado desnudo en el sillón del living.
- ¿Qué hacés así?. ¿Ahora te dedicás al nudismo?
- Vení aquí.
Ella se acercó adonde estaba él, sorprendida e incluso divertida.
- Arrodilláte, ordenó Luis
- ¿Qué decís?. ¿Vos estás loco?
- Arrodilláte he dicho, carajo, gritó
Marta se arrodilló casi instintivamente y lo miró. La sorpresa había desaparecido de su cara, que reflejaba temor y ansiedad.
- Ahora, chupámela
- ¿Quée?
- ¡Chupámela, carajo!.
Tomó su cabeza por la nuca y la inclinó entre sus piernas. Ella estaba temblorosa, llena de miedo, y el temor la hizo obedecer. Bajó la cabeza y comenzó la felación. Durante unos minutos sólo se escuchó el absorber y absorber sube y baja de la mujer, que respiraba agitadamente. El no permitía que la cabeza se levantase. Dio un grito, un estertor ronco y alargado, y se vació en la boca de Marta. Entonces la soltó.
Ella se quedó sentada en el suelo reprimiendo las arcadas. Se limpió la boca con un pañuelo y comenzó a llorar. Gimoteaba y las lágrimas resbalaban por su cara, roja de humillación. El la miraba fijamente.
- Sos una bestia. ¿Por qué has hecho esto?
- Vos los sabés muy bien. Porque te temo.
Cuando despertó esa mañana sabía adónde debía dirigirse después de la ducha y el desayuno pero no recordaba a nadie. Bajó las escaleras desde su segundo piso y se cruzó con algunas personas a las que saludó sin reconocerlas. Una vez en el auto todo fue más familiar: conocía esas calles, el kiosko de prensa, los bares, la desgastada estatua en la glorieta.
Estacionó en la plaza Independencia y se dirigió a sus oficinas en el alto edificio de cristales. De nuevo los saludos de desconocidos en el ascensor, por los pasillos. Otra vez las sonrisas y las respuestas murmurando apenas unas palabras ininteligibles. Una señorita entró en el despacho y dejó unos papeles sobre la mesa.
- ¿Cómo has pasado la noche, Luis?
- Bien, he dormido bien. ¿Usted quién es?.
La mujer lo miró sorprendida. Lo hizo largamente, con curiosidad.
- ¿Me estás cargando?
- No. No sé quién es usted. ¿Quién es?
- ¡Estás cada día más loco!
Desapareció hacia los pasillos. Luis miró por la ventana. Sonó el teléfono y al descolgar una voz que no reconoció le dijo que en cinco minutos habría una reunión en la oficina del gerente.
Cuando llegó a ésta cinco o seis personas se repatingaban en sillones amplios de cuero con carpetas en sus regazos. Quien debía ser el gerente estaba detrás de un gran escritorio negro. La señorita de antes estaba sentada a su lado y se inclinaba para susurrarle algo al oido. Comenzaron a hablar de ventas y de comisiones, al parecer de clientes morosos y medidas cautelares y jurídicas. Más de media hora hablando todos casi al unísono, discutiendo sobre asuntos que le eran familiares, excepto cuando mencionaban personas y apellidos
- ¿Y vos, Luis, qué pensás de esto?. No has abierto la boca en toda la reunión.
Todas las miradas convergieron sobre él. Se sintió incómodo
- Es que....no sé de qué están hablando, farfulló. No les conozco...no sé quienes son ustedes.
Hubo un profundo silencio. No sabía que hacer. Los demás lo miraban sorprendidos, quizás esperando otra frase, una explicación.
- No los reconozco, no. Conozco estos muebles, estos cuadros, reconozco estas carpetas azules pero no sé quiénes son ustedes, de verdad, no lo sé.
El silencio se hizo más espeso, casi doloroso
- ¿ Has visto a un médico?, preguntó uno de los hombres. La mujer miraba alarmada.
- ¿Para qué?...Me siento perfectamente.
Cuchicheaban entre si y lo miraban. No supo cuánto tiempo pasó. El hombre detrás del escritorio hizo una señal con su brazo y los demás fueron desapareciendo.
- ¿Qué te sucede, Luis?. Nos estás preocupando a todos
Quedó un rato en silencio. El hombre le observaba y su mirada ciertamente reflejaba interés, casi diría que cariño. Pero no podía descifrar de quién se trataba. Hizo un gran esfuerzo por recordar esa cara mofletuda, esos anteojos negros, el pelo rubio casi pelirrojo.
- No lo sé, no lo sé. Conozco este lugar, te lo aseguro, conozco este escritorio y estos sillones. Incluso me parece haber visto antes esos cuadros en las paredes y esta alfombra, pero no te conozco a vos, no sé quién sos.
- Me estás tomando el pelo. Si lo que decís es cierto, explicáme entonces cómo has llegado hasta aquí.
- No lo sé, casi gritó. ¿Es que me querés volver loco?. Conozco las calles y los edificios, no soy un boludo, ¿sabés?. Pero no te conozco a vos ni a ninguno de los que estaban aquí. ¡Déjenme tranquilo!.
- ¿Sabés lo que tenés que hacer?. Tomáte unos días. Descansá bien. Seguramente has estado trabajando mucho. El estrés, ¿sabés?, el estrés que nos tiene mal a todos. Es una vida de locos. Te doy permiso. Mirá, hoy es miércoles. No volvás hasta el lunes. Reponéte y volvé el lunes, el lunes, sí. Ya se encargará Marta de llevarte tu trabajo. Ahora andáte, andáte y no me andés preocupando a los demás.
Por los pasillos la gente lo miraba como sorprendida y cuchicheando. Sentía los ojos a su espalda y un rumor de voces indescifrables. La misma chica de siempre se puso a su lado como para acompañarle al ascensor. Debía ser Marta. Lo tomó por el brazo y le sonrió suavemente.
-Todo se va a arreglar, Luis, ya verás. Cuando entraba en el ascensor se le acercó más y le dijo casi al oido: "Te veré esta tarde, cariño, a la hora de siempre".
Después de almorzar en el boliche de la esquina, escuchando saludos de algunos parroquianos y sin poder reconocer a ninguno de ellos, Luis volvió a su departamento cerca de la plaza de los Olímpicos. Desde el balcón se veían las copas de los árboles como un tapiz verde y se escuchaban los gritos de los niños del colegio ubicado a unos cincuenta metros a la derecha. La calle estaba vacía, silenciosa. De vez en cuando un transeúnte con pasos tranquilos buscaba las sombras de la vereda para escapar del inclemente sol de febrero.
Puso música en el tocadiscos. Una sinfonía de Mozart. Al lado del aparato una foto en la que se reconoció al lado de Marta. ¿Quién sería esa mujer?. ¿Por qué reconocería las cosas y no a las personas?.
Dormitaba en el sillón cuando escuchó el ruido de la puerta al abrirse. Era Marta. Se acercó a él, dejó la cartera en una silla y se sentó en su regazo. Le dio un beso suave en la boca y sonrió.
- ¿Andás mejor, mi amor?
- ¿Por qué me llamás mi amor?. No sé quién sos. ¿No te das cuenta?. No sé quién sos, casi gritó, desprendiéndose del abrazo de la mujer y poniéndose en pie.
Ella lo miró preocupada.
- ¿Qué te anda pasando, Luis?. No puedo creer que no me reconozcas.
No contestó. Ella también se puso nerviosa. Corrió hacia la foto, la agarró y la mostró
- Decime una cosa. ¿No reconocés esto?. ¿No estamos juntos aquí?. ¿No llevamos más de seis meses juntos? ¿No te acordás -esgrimía la foto como un arma- cuando estuvimos en aquella casita de Piriápolis junto a la playa?. ¿Qué hacías, eh, qué hacías?. ¿Cogías conmigo y no sabías lo que hacías ni con quién?. Vení, vení.
Lo tomó de la mano y le arrastró al dormitorio. Abrió el ropero grande y sacó unas perchas.
- ¿Sabés de quién son estos vestidos?. ¿No lo sabés?. Son míos, sabélo de una vez, míos. Y estos calzones también, y esta cartera marrón. Y el cepillo de dientes verde que está en el baño. Es mío, mío, todo mío. Ahora decís que no recordás. ¿Qué carajo te pasa? ¿Quién te creés que sos para adoptar esa actitud?. ¿A qué mierda estás jugando?.
Luis volvió al living, se dejó caer sobre el sillón y se la quedó mirando fijamente sin decir nada. Ella le observaba y se sentó mirándolo cara a cara. Cinco, diez minutos. ¿Qué podía decir?. Sólamente sostenía su mirada y se frotaba las manos con nerviosismo. La sinfonía había terminado y el silencio llenaba la habitación. El silencio es bueno, pensó, todo debía ser silencio. No hay nada que decir, nada que hablar. No tengo sentimientos, pensó, porque esta mujer parece sufrir y no sé porqué. Debo haberla querido, sí, debo haberla querido. Y si ella está aquí es que debo quererla aún. No, no, es al revés, ella debe quererme a mi. Ella sabe quién soy, seguro que lo sabe. ¿Qué puedo hacer?. Es que no recuerdo, no recuerdo nada. Si recordase sabría algo de mi mismo. Debo tener unos treinta años, pero eso no importa porque no lo sé. Sí, claro que importa. Me deben haber pasado muchas cosas en estos treinta años. Tiene unas bellas piernas. Siento un cosquilleo dulce aquí abajo cuando las miro. Y sus labios son carnosos y sus ojos negros profundos. Está preocupada, se la ve. La oficina era amplia, cómoda, bien amueblada, de modo que debo ser algo importante en ella. Y si la reunión era de jefes, yo soy jefe. ¿Por qué no me dice nada?. ¿En qué está pensando?. Tampoco sé bien cuándo me ocurrió esto, si es que algo me ha ocurrido. Si ellos me conocen y saben de mi es porque he hecho algo con ellos. Es aterrador: me conocen, saben todo de mi y yo los ignoro. Ahora sonrie. ¿Qué le habrá hecho gracia?. Ellos están en ventaja. Ellos saben, sí, ellos saben y yo no. Pueden dominarme si quieren. Lo mejor es no hablar, no hablar.
- Eres como un niño, casi adivinó ella.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué qué?. Te ves tan desvalido. ¿Es verdad que no recordás?
- A vos no te recuerdo
- Vení.
Le tomó de la mano y lo condujo otra vez al dormitorio. Comenzó a desnudarse. La camisa. La pollera. El la miraba sin comprender bien lo que estaba pasando pero el cosquilleo se hizo más intenso. Se acercó a él. Lo abrazó y durante un rato no se movió, apoyada la cabeza en el pecho del hombre. Luego fue desprendiendo los botones de su camisa y se la sacó completamente. Le acarició el pecho, le desprendió el cinturón y comenzó a bajarle los pantalones. Su sexo crecía por momentos y lo invadían oleadas de calor y de placer. Lo sentó en el borde de la cama y lo empujó hasta dejarlo tendido totalmente. El cerró los ojos mientras ella le quitaba los calzoncillos. Sintió un sacudón dulce, profundo, cuando ella comenzó a acariciarle el sexo lentamente y su boca se acercó a sus labios. Primero lo besó suavemente, apenas unos roces; luego su lengua le destrabó la boca y se introdujo en ella paladeando su interior.
- ¿Te gusta?
- Si, mucho
Ella volvió a besarlo profundamente mientras su mano le acariciaba el sexo. Las manos de Luis comenzaron a recorrer su espalda y sus pechos duros, cálidos. Bajó la cabeza hasta ellos y los chupó con pasión. Ella le cabalgó. Sonreía y le pasaba las manos por el pecho y la cara. Tomó su sexo con una mano y comenzó a introducírselo lentamente. Luis creía que iba a reventar. Marta se bamboleaba con lentitud, cerrando los ojos mientras él le acariciaba los pechos suavemente.
- ¿Me querés?, preguntó ella
- Creo que si, respondió
Marta sonrió. A medida que subía y bajaba apretaba con más decisión el sexo del hombre. El se sentía desfallecer de placer. Ella aceleró sus movimientos. Su cabello negro iba para atrás y adelante, atrás y adelante, en un movimiento de sudor y fiebre. Luis sintió que algo iba a explotar, a explotar, a explotar. Terminó en un estertor cuando Marta jadeaba y gritaba como posesa. Ella se recostó sobre su pecho, los ojos cerrados. El abrió los suyos completamente. En el techo de la habitación el sol alargaba la sombra de la lámpara que se quebraba en la pared de enfrente. Pasaron unos minutos.
- ¿Mañana vas a recordar esto?, preguntó ella
- Creo que si, respondió él. ¿Lo haciamos muchas veces?
- Todas las que podiamos aunque, sonrió, últimamente estabas un poco vago
- ¿Cómo me llamo?
- Luis Pandolfi. Tenés treinta y dos años y trabajás como abogado en una firma de importación y exportación.
-¿Y de dónde vengo?
- ¡Ay, Dios mío, qué paciencia!. Naciste en Pando, de "buena" familia. Estudiaste en Montevideo. Tenés un hermano en aquella ciudad. Y tenés amigos: Samuel, Pancho, Federico, Antonio. ¿Qué más querés saber?.
- ¿Cómo y cuándo te conocí a vos?
- En el trabajo, ¿dónde va a ser?. ¿No sabés que en el trabajo es donde la gente se conoce más?. Algunos terminan casándose pero la mayoría sólo cogiendo. Vos eras la estrella en aquel momento. Y sólo yo sé que estuviste preso una vez, pero unos días nada más.
- ¿Preso yo?. ¿Por qué?
- Decían que eras tupa. Fue antes del golpe. Te soltaron a la semana. No pudieron probarte nada. ¿No te acordás de todo eso?
Cuando Marta se fue, Luis prendió la televisión. A principios de 1986, decían, los guerrilleros habían hecho su primer acto político. Aparecía un señor de pobladas cejas diciendo que nunca más a la violencia y a la subversión y otro que hablaba de la historia democrática del país. Después, una telenovela argentina de amores y desamores. Y en el informativo se hablaba de Penarol y la Copa América. Conocía esos colores, sí, los conocía. Se acordaba del fútbol, del estadio, de aquella gloriosa final de 1966 contra el Real Madrid.
Bajó corriendo a comprar los diarios, volvió a su casa y los desplegó sobre la mesa. Leyó apasionadamente todo, hasta los anuncios clasificados. Cuando la penumbra comenzó a rodearlo, nuevamente entró Marta cargada de paquetes.
- ¿Qué haces aquí de nuevo?
- Vivo aquí, ¿o te has olvidado?. Mejor dicho, bromeó, te sobrevivo aquí. ¿Has estado leyendo la prensa?.
- Si, quería enterarme
- Da lo mismo, en este paisito nunca pasa nada y cuando pasa es catastrófico. Mejor no enterarse.
Esa noche hicieron nuevamente el amor y Luis comenzó a reconocer el cuerpo de Marta. Al día siguiente, cuando ella se fue a trabajar, él decidió salir a pasear por la ciudad. Recorrió en su automóvil casi todos los barrios, tomó café en varios boliches y caminó por el Prado. Le gustó perder el tiempo, no tener que ir a esa oficina donde no conocía a nadie ni ocuparse de cosas que ya no entendía.
Marta había invitado a Samuel y Federico. El primero era apasionado, verborrágico, se atragantaba con las palabras y quería vencer, siempre vencer, en las discusiones. Federico era todo lo contrario: meditaba, o parecía meditar, todo lo que decía, elegía las palabras, dejaba hablar y luego se solazaba en mostrar su erudición en todos los temas. Marta parecía contenta, como si no pasara nada, como si todo fuera igual que siempre. Luis no hablaba y los demás le miraban a veces con preocupación y premura, tratando de dar pie con sus palabras a alguna respuesta suya.
- Lo siento mucho, se oyó decir, sé que quieren ayudarme, pero es que no los conozco y ni siquiera sé de lo que hablan.
- Entonces, querido, dijo Federico, vos sos como la bomba de neutrones, que mata a las personas y no las cosas. De ahora en adelante te llamaremos Neutrón.
Todos rieron la salida del amigo. El médico al que le llevaron no se rió. Era un psiquiatra reconocido, por lo visto. Pero no supo decir nada. "Estos casos -dijo a Marta- son muy raros y, además, difíciles de diagnosticar y curar ya que si el enfermo no recuerda nada parece inútil tratar de indagarle en su pasado. Además, la amnesia en Luis también es muy rara porque recuerda la ciudad, sabe conducir auto, se desenvuelve bien en las cosas de la vida cotidiana. Lo único es que no recuerda a las personas. Digamos -terminó- que es como un niño que conoce toda la geografía de su vida pero ha olvidado la historia".
- Y el muy pelotudo, explicó Marta a Samuel, se quedó tan satisfecho con su frase ingeniosa.
Esa noche Luis esperaba a Marta en la cama. La mujer recogía las cosas de la cena y se escuchaban ruidos de platos y cacerolas. No era malo vivir así, se dijo. Marta me quiere y estoy bien con ella. El problema es el trabajo. He leido algunos informes que me ha traido Marta y los reconozco. Incluso ha dicho, cuando le he explicado cómo actuar en un caso, que eso era lo adecuado. Podía volver a trabajar. "Pero, claro, dijo ella, te tendrán que dar casos nuevos, de nuevos clientes, para que conozcás todo a la vez, el cliente y el asunto. Imagináte si te dan un caso viejo y llegas a decir que no conocés al cliente. Se marcharía a otro estudio. Así que lo del trabajo está arreglado. Hablaré mañana con el gerente y le diré que necesitás otros quince días de reposo. Mientras tanto, yo te ayudo a estudiar las carpetas para que te volvás a acostumbrar y te traeré unos libros para que estudies tus leguyerías".
Cuando Marta comenzó a desnudarse él tuvo una erección instantánea. Ella se abalanzó sobre su cuerpo e inició una felación lenta y profunda. Luis gemía de placer. Ella se levantó, le tomó de la mano y le hizo poner de pie. "Ahora, dijo, quiero de otra forma". Se arrodilló en el borde de la cama y él se acercó a ella y la penetró desde atrás. Se movieron acompasadamente, acelerando, acelerando, intentando Luis atraer sus caderas hacia él para que su cuerpo no se le escapase hasta que estallaron en un rugido áspero, largo. Se recostaron agotados.
- ¿Sabés, dijo ella?. Es mejor así
- ¿Cómo así?
- Sí, que no sepas nada, que todo tengás que aprenderlo otra vez. Que sea yo quien te enseñe todo lo que debés aprender.
Luis sonrió. Hacía mucho tiempo, no recordaba cuánto, que no sonreía.
Volvió al trabajo y aprendió los nombres de todos sus compañeros por segunda vez. Le apreciaban pero pronto se dio cuenta de que le daban los casos fáciles, que jamás iban a volver a confiar en él. Ni siquiera lo hicieron cuando sacó adelante una importación de productos por dos millones de dólares para un cliente poderoso del interior aliviándole de numerosos pagos en oficinas estatales.
Marta lo cuidaba tanto que le decía con quién y con quién no debía relacionarse, cómo debía comportarse en todo momento, cuándo salían a pasear o al cine y con quién. Marta imponía su poder sobre él a todos y los amigos llegaban a su casa y se iban al poco rato. "Es que, decía ella, se ponen nerviosos porque hablan y hacen bromas del pasado, cuentan anécdotas y vos ni te enterás, no sabés de qué se trata. Las personas se ponen nerviosas con quien no los reconoce, ¿sabés?."
- Pero ellos me conocen a mi
- Pero no te tienen. Tienen un pasado de vos que tampoco reconocés
- Y vos, ¿por qué seguís conmigo?
- Porque yo te quiero. Es distinto entre un hombre y una mujer.
Es verdad, pensó Luis. Entre un hombre y una mujer es otro idioma. La cosa es más íntima. No necesitan conocerse. Se aman, se necesitan, se cogen y están bien. Pero tengo que conocer a los demás para vivir. Debo conocerlos incluso para poder hablar con Marta de algo que no seamos sólo ella y yo. ¿De qué carajo hablaban Adán y Eva?. Debían aburrirse como ostras. Por eso Caín mató a Abel, por aburrimiento. El crimen es siempre contra los demás. Sin los otros no hay crimen, no puede haberlo. Con los otros puedes ser tú mismo la víctima. Es el riesgo, qué joder. No podemos vivir sin los otros, estamos jodidos, pero los otros a menudo no nos dejan vivir. Acabo de escuchárselo en la tele a un político de izquierda: "Sin violencia no hay solución en Latinoamérica pero en Latinoamérica la violencia no es solución". Palabras, palabras. Nos rodean las palabras. Los otros quieren reconocerse en nosotros, no reconocerse ellos mismos. Les unen las anécdotas, la historia en común pero, sobre todo, el hecho de que creen conocer a los demás. No es que no quieran hablar conmigo; lo que desean es que yo diga lo que ellos quieren oir. Lo he visto claro: cuando Samuel dice algo, Federico le replica explicándole porqué lo ha dicho pero no contesta realmente a sus palabras. Así que las palabras no importan, lo que importa es que alguien nos diga lo que ya sabemos, que nos ayude a ser sólidos, seguros de nosotros mismos. Queremos reflejarnos en los demás y ver una figura atractiva, queremos que los demás nos vean como nosotros nos vemos. "Es distinto entre un hombre y una mujer", ha dicho la muy inteligente. Se creerá inteligente. Pero no es lo mismo con una mujer y otra mujer. Es distinto, cada una con sus palabras, con la historia que tienen. Yo no tengo historia, claro. Sí, sí tengo, lo que sucede es que la tienen los demás pero no yo mismo. Eso les molesta a los amigos, que tienen mi historia pero yo no tengo la suya. La memoria es siempre la culpable. En mi no encuentran apoyos para vivir. Necesitan que se los conozca, que se los quiera por cómo creen que son. "Es distinto entre un hombre y una mujer". ¡Vaya frasecita de teleteatro barato!. No me quiere, claro. O sí me quiere, ¡qué se yo!, pero le soy útil. Coge conmigo, habla conmigo, hace lo que quiere conmigo, me conduce por la vida. Por eso dice que me quiere, la muy jodida. Porque todos estamos solos y ella ha logrado tener un hombre en sumisión, totalmente dependiente de ella. Me quiere porque me enseña, porque ha ganado la lucha por el poder.
Cuando esa noche Marta llegó a la casa, Luis estaba sentado desnudo en el sillón del living.
- ¿Qué hacés así?. ¿Ahora te dedicás al nudismo?
- Vení aquí.
Ella se acercó adonde estaba él, sorprendida e incluso divertida.
- Arrodilláte, ordenó Luis
- ¿Qué decís?. ¿Vos estás loco?
- Arrodilláte he dicho, carajo, gritó
Marta se arrodilló casi instintivamente y lo miró. La sorpresa había desaparecido de su cara, que reflejaba temor y ansiedad.
- Ahora, chupámela
- ¿Quée?
- ¡Chupámela, carajo!.
Tomó su cabeza por la nuca y la inclinó entre sus piernas. Ella estaba temblorosa, llena de miedo, y el temor la hizo obedecer. Bajó la cabeza y comenzó la felación. Durante unos minutos sólo se escuchó el absorber y absorber sube y baja de la mujer, que respiraba agitadamente. El no permitía que la cabeza se levantase. Dio un grito, un estertor ronco y alargado, y se vació en la boca de Marta. Entonces la soltó.
Ella se quedó sentada en el suelo reprimiendo las arcadas. Se limpió la boca con un pañuelo y comenzó a llorar. Gimoteaba y las lágrimas resbalaban por su cara, roja de humillación. El la miraba fijamente.
- Sos una bestia. ¿Por qué has hecho esto?
- Vos los sabés muy bien. Porque te temo.
martes, 16 de diciembre de 2008
susana masciotti
Susana Masciotti
Había llegado el día en que los pájaros huyeron. Sólamente andrajos, alpargatas flecos de esparto, pollera descolorida y blusa de años, ya saben cómo son estas cosas en aquella zona, y una mirada que no sabía cómo mirar, acostumbrada al sol y a la arena del río seco, pero firme porque sólo mira fijo el que no teme. Sus andrajos eran suficientes para su cabaña de madera y cartón, sus cinco cabras y el queso que vendía en el boliche del gringo. Todo era como se había imaginado cuando en Buenos Aires se decidió el apostolado.
Al principio era una más, el catecismo, el teatro de títeres, buscar agua en el pozo que la había recogido durante los meses de invierno. Era una más frente al agujero en la montaña, con el horno siempre encendido porque la cal era esperada todos los viernes en San Luis para comercializarla y que el dueño de la montaña pudiera disfrutar de las chicas semidesnudas de los escenarios de Buenos Aires. La misión éramos siete, con Graciela que manejaba los títeres, el cura Roberto que manejaba la hostia y los cálices, el médico David que manejaba las muestras gratis "su venta está penada por la ley" y los otros cuatro que fútbol con los chicos desharrapados, evangelios y largas sesiones mate en mano para convencer que la Biblia verdadera era la católica y no la protestante del tío Juan, en la que todos los de la sierra leían sus versículos preferidos, los de la mujer de Putifar y el ombligo de la Sulamita. Ellos querían la del tío Juan, miraban con desconfianza y sorpresa y asistían a los ritos misioneros por curiosidad. No importaba cuando llegamos porque todos éramos jóvenes y simpáticos y hablar de Dios era tan fácil como andar a caballo cerca de los despeñaderos sin nunca caer, jinetes en el aburrimiento de la ciudad, convencidos de la teología y casi de la democracia.
Una mañana los pájaros habían desaparecido del aire rumbo a Mendoza. El lugareño triste dijo que se venía la tormenta y el capataz que lo mismo se trabajaría porque los hornos seguían calientes y los camiones cargarían el viernes, como todos los viernes, para luego a la lejana San Luis a embolsar y vender.
Los niños miraban al cielo sin tener en cuenta a la Santísima Trinidad y nosotros nos dimos cuenta que la tierra era más gris sin las sombras de los pájaros y más seca la arena del río seco.
A mediodia se había terminado el apostolado matutino y David abandonaba las medicinas y el estetoscopio. Ella apareció por el recodo de la montaña, caminando lentamente, con sus quesos a la espalda, la mirada mirando, y no había poesía porque los pájaros se habían ido y los niños la observaban sin comprender ni la montaña ni el silencio.
Llegó hasta nosotros, depositó su carga en el suelo y siguió mirando, esperando quizás las palabras que su cabaña de sarmientos no conocía y entonces el apostolado se escondió entre las ascuas del asado porque molestaba la carne muerta con aquellos ojos blanquísimos mirándola y la arena era más amarilla, como metálica, que seca. No importaba porque los quesos estaban sobre la arpillera en el suelo y nosotros nos reflejábamos en sus ojos.
- ¿Cuánto valen?
Eran las palabras clave y las únicas porque los mercaderes del templo no conocían lo que pasaba al aire libre, bajo el sol sin pájaros. Fueron treinta pesos que ella no dijo porque nos seguía mirando, y eran muchos pesos hace diez años que irían a parar al bolichero gringo que vendía camisetas sin mangas a veinticinco y paquetes de yerba a cuarenta.
Graciela había recogido los quesos y los había colocado al lado de las hostias y el padre Roberto preguntó su nombre pero no quiso decirlo porque tenía ojos verdes y vivía a dos kilómetros de la misión, cerca de la tierra y del horno pero fuera de ellos. La luz eléctrica sólo había llegado a la casa de los misioneros y no más allá, donde la civilización era sólo una caja de fósforos para hervir la leche que luego queso y para calentarse en las noches del desierto de la sierra, apenas piedra sin árboles y sin palabras. El capataz la miraba y no la quería porque molestaba a quienes habíamos ido de Buenos Aires, pero ella no molestaba porque había recogido su arpillera y se había ido bordeando la montaña.
Aquel día se había comido sin hambre y los niños se dieron cuenta de lo que sucedía porque el más rubio de ellos preguntó qué pasaba con Susana y cuando le dijimos que no pasaba nada, que a las cuatro de la tarde, luego del café con leche, comenzaba el catecismo para después el fútbol, se fue también por la orilla de la montaña gritando que nos habíamos enamorado de ella. Y el padre Roberto no dijo nada pero pensó que sus apóstoles temblaban de sorpresa y que la sorpresa, en los días sin pájaros, podía arrasar con las mejores intenciones. Susana era rubia con el pelo lacio, piernas fuertes y largas y cuerpo casi llama ignorante de las manos y las palabras. La muchacha era sola, las elecciones se hacían muy lejos de su cabaña y Boca Juniors sólo pasaba alguna vez en un avión muy alto que no comprendía.
Por la noche el padre venía al lado del fuego, luego de los títeres y antes del sueño de los niños, y jugábamos truco hablando de Buenos Aires, de su Colón y su Lavalle con los cines uno detrás de otro. Y no se había perdonado aún a los criminales pero hablábamos de que seguramente los radicales ganarían las elecciones porque nadie sabía bien qué hacer de su vida y era mejor no cambiar el caballo del comisario. Los jeans estaban ásperos de tanta tierra y en el llano, a varios centenares de metros, relumbraban los faroles de querosén de las casas de barro y algún caballo acompañaba con su relincho el coro de ladridos. Pero Susana parecía mirarnos con sus ojos verdes que sólo miraban y el queso era delicioso, de cabra flaca y sedienta seguramente, con gusto a río seco y a boliche de gringo con su levadura antigua a más de veinte pesos los cien gramos. Dormimos mal porque las mantas se agitaban con los pensamientos y las imágenes de los harapos y del pelo rubio sobre los ojos del día sin pájaros.
Al día siguiente nos levantamos casi al alba pero los pájaros no habían vuelto y los niños ya esperaban con gritos y la boca abierta para el desayuno. A las diez las mujeres y los hombres abandonaban por turno la calera y llegaban a ver a David que los examinaba, los auscultaba y les daba como miedo el aparato frío en el pecho y les daba medicinas que no les servirían porque la cal salía de los agujeros de la montaña en un polvo que no dejaba respirar ni con el aire fresco de la noche. A caballo fuimos tres hasta el poblado vecino pero allí no nos querían porque algunos de ellos habían ido alguna vez a San Luis con sus alpargatas blancas de cal y hombres como nosotros no les habían dejado caminar por la plaza principal a las ocho de la tarde del verano, cuando el sol desaparece hacia Chile y los muchachos dan vuelta a la plaza hacia la izquierda y las muchachas hacia la derecha hasta que años más tarde se casan y van a veranear al Trapiche, agua entre las piedras y árboles frescos para los dueños de las caleras, de los viñedos raquíticos y de las vacas huesudas del sur de la provincia.
El padre Roberto dio la Extremaunción a la viejita de sesenta y cinco años porque hacía quince que no iba un cura por la tierra y todos debían prepararse para bien morir. "Y vivir, carajo, ¿cuándo se acordarán de nosotros?", preguntó el tío Juan. Y nosotros les decíamos que la fe en Dios y que valía menos el altar que las sandalias de Cristo en Galilea con los pies llenos de tierra como ellos, y con sed y con ganas, como ellos, de matar a medio mundo pero no podía ser porque los buenos y los pobres no matan más que las esperanzas con su corazón y el calor con sus camisetas agujereadas.
Por la tarde casamos a cuarenta personas y bautizamos a noventa y seis hijos de ellas y los niños se divertían mucho al principio con el latín del cura Roberto, nuestras caras solemnes y con el agua y el aceite y la sal hasta que el cura dijo que bastaba ya, que lo haría en castellano, y entonces todos escucharon con respeto las palabras mágicas que no podían entender. Y el tío Juan andaba con su Biblia protestante bajo el brazo recitando versículos de Isaías que tampoco entendía pero negándose a desprenderse de ella hasta que optamos por cambiársela por dos católicas, no por el valor intrínseco sino porque las dos tenían distintas explicaciones para saber de Dios y el tío Juan quería ambas para tener que leer cuando el invierno escondiese su lluvia en los pozos de la montaña.
Esa tarde llegó el obispo acompañado por el dueño de la calera, que contaba los últimos chistes políticos de Buenos Aires y decía que el capataz era un inservible porque no había hecho vestir de domingueros a los trabajadores de la mina. El obispo sonreía porque era comprensivo y tenía que pedir permiso al dueño para el apostolado de los laicos. Hubo una Misa y luego monseñor confirmó como a cien personas que se quedaban admiradas por la bofetada y por el color rojo de su sotana. El hablaba de una vida mejor y todos creían que iban a asfaltar el camino de tierra hasta San Luis y él les decía que los que sufren iban a tener el reino de los cielos y un muchachito moreno y sucio le preguntó si cuando lo tuviesen podría tener también una pelota de fútbol de reglamento y el obispo decidió que había que sonreir cuando el dueño de la mina echó a todos sus obreros para hablar a solas con los misioneros. Había prometido que al año siguiente su casa estaría terminada y nosotros más cómodos y se puso a nuestro servicio para castigar a cualquier lugareño que nos molestase. El padre Roberto comenzó a hablar de la justicia social y el obipo hubo de reconvenirle hasta que el dueño se durmió tras cuatro vasos de vino.
Al anochecer Susana vino como la primera vez, mirando a todos. Se dejó bautizar y el agua se volcó y cayó sobre sus pechos pero no le dio importancia porque tenía más quesos para vender y ya conocía a la gente de Buenos Aires. Y esa noche se quedó con nosotros alrededor del fuego. Al principio no hablaba pero luego de una hora de escuchar, preguntó:
- ¿Cómo son las mujeres donde ustedes viven?.
Como la miramos sorprendidos, se puso colorada porque le daba verguenza no saber cómo eran las mujeres. Y Graciela se acercó y la besó con ternura y comenzó a hablarle de vestidos y de lápices labiales y de tacos altos y ella escuchaba sin comprender hasta que Graciela le trajo un vestido viejo y Susana lloró porque le quedaba bien y prometió traer quesos gratis al día siguiente. Y Graciela le pintó los labios y le puso rimmel en los ojos y ella lloraba como una niña y le daba verguenza que la viesen así, como estaba.
Esa noche las mantas se agitaron más que de costumbre y el cura Roberto decidió que el rosario era una buena compañía para los espíritus misioneros. Y la luna dibujaba sombras en la arena seca del río y hasta más allá, hasta la cabaña de sarmientos sin luz rodeada de pensamientos y miradas que no podían alcanzarla. Y al otro día Susana no vino, que lo hizo al siguiente, cuando ya había que emprender el regreso, y trajo varios quesos de cabra, con el vestido que Graciela le había regalado y aún con las señales del rimmel y las lágrimas en el rostro. Y nos saludamos hasta el año que viene.
Pero al año siguiente no la vimos. Susana había viajado a San Luis y había dado vueltas a la plaza con el vestido nuevo y se había pintado con el dinero que sacó de la venta de sus quesos de cabra hasta que no pudo más. Cuando quiso volver no la dejaron porque ya era tarde para que su cuerpo joven quedara enterrado entre los sarmientos de la sierra a orillas del rio seco. Y sábanas limpias todos los días que había que cambiar luego para cada cliente, cuando aprendió a votar y se hizo hincha de Boca porque ya no había otra cosa que hacer.
Había llegado el día en que los pájaros huyeron. Sólamente andrajos, alpargatas flecos de esparto, pollera descolorida y blusa de años, ya saben cómo son estas cosas en aquella zona, y una mirada que no sabía cómo mirar, acostumbrada al sol y a la arena del río seco, pero firme porque sólo mira fijo el que no teme. Sus andrajos eran suficientes para su cabaña de madera y cartón, sus cinco cabras y el queso que vendía en el boliche del gringo. Todo era como se había imaginado cuando en Buenos Aires se decidió el apostolado.
Al principio era una más, el catecismo, el teatro de títeres, buscar agua en el pozo que la había recogido durante los meses de invierno. Era una más frente al agujero en la montaña, con el horno siempre encendido porque la cal era esperada todos los viernes en San Luis para comercializarla y que el dueño de la montaña pudiera disfrutar de las chicas semidesnudas de los escenarios de Buenos Aires. La misión éramos siete, con Graciela que manejaba los títeres, el cura Roberto que manejaba la hostia y los cálices, el médico David que manejaba las muestras gratis "su venta está penada por la ley" y los otros cuatro que fútbol con los chicos desharrapados, evangelios y largas sesiones mate en mano para convencer que la Biblia verdadera era la católica y no la protestante del tío Juan, en la que todos los de la sierra leían sus versículos preferidos, los de la mujer de Putifar y el ombligo de la Sulamita. Ellos querían la del tío Juan, miraban con desconfianza y sorpresa y asistían a los ritos misioneros por curiosidad. No importaba cuando llegamos porque todos éramos jóvenes y simpáticos y hablar de Dios era tan fácil como andar a caballo cerca de los despeñaderos sin nunca caer, jinetes en el aburrimiento de la ciudad, convencidos de la teología y casi de la democracia.
Una mañana los pájaros habían desaparecido del aire rumbo a Mendoza. El lugareño triste dijo que se venía la tormenta y el capataz que lo mismo se trabajaría porque los hornos seguían calientes y los camiones cargarían el viernes, como todos los viernes, para luego a la lejana San Luis a embolsar y vender.
Los niños miraban al cielo sin tener en cuenta a la Santísima Trinidad y nosotros nos dimos cuenta que la tierra era más gris sin las sombras de los pájaros y más seca la arena del río seco.
A mediodia se había terminado el apostolado matutino y David abandonaba las medicinas y el estetoscopio. Ella apareció por el recodo de la montaña, caminando lentamente, con sus quesos a la espalda, la mirada mirando, y no había poesía porque los pájaros se habían ido y los niños la observaban sin comprender ni la montaña ni el silencio.
Llegó hasta nosotros, depositó su carga en el suelo y siguió mirando, esperando quizás las palabras que su cabaña de sarmientos no conocía y entonces el apostolado se escondió entre las ascuas del asado porque molestaba la carne muerta con aquellos ojos blanquísimos mirándola y la arena era más amarilla, como metálica, que seca. No importaba porque los quesos estaban sobre la arpillera en el suelo y nosotros nos reflejábamos en sus ojos.
- ¿Cuánto valen?
Eran las palabras clave y las únicas porque los mercaderes del templo no conocían lo que pasaba al aire libre, bajo el sol sin pájaros. Fueron treinta pesos que ella no dijo porque nos seguía mirando, y eran muchos pesos hace diez años que irían a parar al bolichero gringo que vendía camisetas sin mangas a veinticinco y paquetes de yerba a cuarenta.
Graciela había recogido los quesos y los había colocado al lado de las hostias y el padre Roberto preguntó su nombre pero no quiso decirlo porque tenía ojos verdes y vivía a dos kilómetros de la misión, cerca de la tierra y del horno pero fuera de ellos. La luz eléctrica sólo había llegado a la casa de los misioneros y no más allá, donde la civilización era sólo una caja de fósforos para hervir la leche que luego queso y para calentarse en las noches del desierto de la sierra, apenas piedra sin árboles y sin palabras. El capataz la miraba y no la quería porque molestaba a quienes habíamos ido de Buenos Aires, pero ella no molestaba porque había recogido su arpillera y se había ido bordeando la montaña.
Aquel día se había comido sin hambre y los niños se dieron cuenta de lo que sucedía porque el más rubio de ellos preguntó qué pasaba con Susana y cuando le dijimos que no pasaba nada, que a las cuatro de la tarde, luego del café con leche, comenzaba el catecismo para después el fútbol, se fue también por la orilla de la montaña gritando que nos habíamos enamorado de ella. Y el padre Roberto no dijo nada pero pensó que sus apóstoles temblaban de sorpresa y que la sorpresa, en los días sin pájaros, podía arrasar con las mejores intenciones. Susana era rubia con el pelo lacio, piernas fuertes y largas y cuerpo casi llama ignorante de las manos y las palabras. La muchacha era sola, las elecciones se hacían muy lejos de su cabaña y Boca Juniors sólo pasaba alguna vez en un avión muy alto que no comprendía.
Por la noche el padre venía al lado del fuego, luego de los títeres y antes del sueño de los niños, y jugábamos truco hablando de Buenos Aires, de su Colón y su Lavalle con los cines uno detrás de otro. Y no se había perdonado aún a los criminales pero hablábamos de que seguramente los radicales ganarían las elecciones porque nadie sabía bien qué hacer de su vida y era mejor no cambiar el caballo del comisario. Los jeans estaban ásperos de tanta tierra y en el llano, a varios centenares de metros, relumbraban los faroles de querosén de las casas de barro y algún caballo acompañaba con su relincho el coro de ladridos. Pero Susana parecía mirarnos con sus ojos verdes que sólo miraban y el queso era delicioso, de cabra flaca y sedienta seguramente, con gusto a río seco y a boliche de gringo con su levadura antigua a más de veinte pesos los cien gramos. Dormimos mal porque las mantas se agitaban con los pensamientos y las imágenes de los harapos y del pelo rubio sobre los ojos del día sin pájaros.
Al día siguiente nos levantamos casi al alba pero los pájaros no habían vuelto y los niños ya esperaban con gritos y la boca abierta para el desayuno. A las diez las mujeres y los hombres abandonaban por turno la calera y llegaban a ver a David que los examinaba, los auscultaba y les daba como miedo el aparato frío en el pecho y les daba medicinas que no les servirían porque la cal salía de los agujeros de la montaña en un polvo que no dejaba respirar ni con el aire fresco de la noche. A caballo fuimos tres hasta el poblado vecino pero allí no nos querían porque algunos de ellos habían ido alguna vez a San Luis con sus alpargatas blancas de cal y hombres como nosotros no les habían dejado caminar por la plaza principal a las ocho de la tarde del verano, cuando el sol desaparece hacia Chile y los muchachos dan vuelta a la plaza hacia la izquierda y las muchachas hacia la derecha hasta que años más tarde se casan y van a veranear al Trapiche, agua entre las piedras y árboles frescos para los dueños de las caleras, de los viñedos raquíticos y de las vacas huesudas del sur de la provincia.
El padre Roberto dio la Extremaunción a la viejita de sesenta y cinco años porque hacía quince que no iba un cura por la tierra y todos debían prepararse para bien morir. "Y vivir, carajo, ¿cuándo se acordarán de nosotros?", preguntó el tío Juan. Y nosotros les decíamos que la fe en Dios y que valía menos el altar que las sandalias de Cristo en Galilea con los pies llenos de tierra como ellos, y con sed y con ganas, como ellos, de matar a medio mundo pero no podía ser porque los buenos y los pobres no matan más que las esperanzas con su corazón y el calor con sus camisetas agujereadas.
Por la tarde casamos a cuarenta personas y bautizamos a noventa y seis hijos de ellas y los niños se divertían mucho al principio con el latín del cura Roberto, nuestras caras solemnes y con el agua y el aceite y la sal hasta que el cura dijo que bastaba ya, que lo haría en castellano, y entonces todos escucharon con respeto las palabras mágicas que no podían entender. Y el tío Juan andaba con su Biblia protestante bajo el brazo recitando versículos de Isaías que tampoco entendía pero negándose a desprenderse de ella hasta que optamos por cambiársela por dos católicas, no por el valor intrínseco sino porque las dos tenían distintas explicaciones para saber de Dios y el tío Juan quería ambas para tener que leer cuando el invierno escondiese su lluvia en los pozos de la montaña.
Esa tarde llegó el obispo acompañado por el dueño de la calera, que contaba los últimos chistes políticos de Buenos Aires y decía que el capataz era un inservible porque no había hecho vestir de domingueros a los trabajadores de la mina. El obispo sonreía porque era comprensivo y tenía que pedir permiso al dueño para el apostolado de los laicos. Hubo una Misa y luego monseñor confirmó como a cien personas que se quedaban admiradas por la bofetada y por el color rojo de su sotana. El hablaba de una vida mejor y todos creían que iban a asfaltar el camino de tierra hasta San Luis y él les decía que los que sufren iban a tener el reino de los cielos y un muchachito moreno y sucio le preguntó si cuando lo tuviesen podría tener también una pelota de fútbol de reglamento y el obispo decidió que había que sonreir cuando el dueño de la mina echó a todos sus obreros para hablar a solas con los misioneros. Había prometido que al año siguiente su casa estaría terminada y nosotros más cómodos y se puso a nuestro servicio para castigar a cualquier lugareño que nos molestase. El padre Roberto comenzó a hablar de la justicia social y el obipo hubo de reconvenirle hasta que el dueño se durmió tras cuatro vasos de vino.
Al anochecer Susana vino como la primera vez, mirando a todos. Se dejó bautizar y el agua se volcó y cayó sobre sus pechos pero no le dio importancia porque tenía más quesos para vender y ya conocía a la gente de Buenos Aires. Y esa noche se quedó con nosotros alrededor del fuego. Al principio no hablaba pero luego de una hora de escuchar, preguntó:
- ¿Cómo son las mujeres donde ustedes viven?.
Como la miramos sorprendidos, se puso colorada porque le daba verguenza no saber cómo eran las mujeres. Y Graciela se acercó y la besó con ternura y comenzó a hablarle de vestidos y de lápices labiales y de tacos altos y ella escuchaba sin comprender hasta que Graciela le trajo un vestido viejo y Susana lloró porque le quedaba bien y prometió traer quesos gratis al día siguiente. Y Graciela le pintó los labios y le puso rimmel en los ojos y ella lloraba como una niña y le daba verguenza que la viesen así, como estaba.
Esa noche las mantas se agitaron más que de costumbre y el cura Roberto decidió que el rosario era una buena compañía para los espíritus misioneros. Y la luna dibujaba sombras en la arena seca del río y hasta más allá, hasta la cabaña de sarmientos sin luz rodeada de pensamientos y miradas que no podían alcanzarla. Y al otro día Susana no vino, que lo hizo al siguiente, cuando ya había que emprender el regreso, y trajo varios quesos de cabra, con el vestido que Graciela le había regalado y aún con las señales del rimmel y las lágrimas en el rostro. Y nos saludamos hasta el año que viene.
Pero al año siguiente no la vimos. Susana había viajado a San Luis y había dado vueltas a la plaza con el vestido nuevo y se había pintado con el dinero que sacó de la venta de sus quesos de cabra hasta que no pudo más. Cuando quiso volver no la dejaron porque ya era tarde para que su cuerpo joven quedara enterrado entre los sarmientos de la sierra a orillas del rio seco. Y sábanas limpias todos los días que había que cambiar luego para cada cliente, cuando aprendió a votar y se hizo hincha de Boca porque ya no había otra cosa que hacer.
laberinto
Laberinto
En este laberinto no había hilo de retorno
al punto de partida
ni minotauros de bufidos horrendos ni
túneles ni oraciones precisas para aventar
el miedo, que todo transcurriera al aire libre
por respirar apenas golpearse la vida
contra los muros de casas verticales
y campos en los que el horizonte inalcanzable
era la única salida
el laberinto lleno de gentes caminando
a caballo en los trenes los coches, los hombres
levantando edificios para los desencuentros
inventando los libros guardados en bibliotecas estériles
para que otros intenten desentrañar futuros
rompezabezas de su vida.
Para creer en algo llenaron de poetas el laberinto
que dijeron amor desde los úteros primeros
cuando los partos justificaron a las madres
los científicos negaron, descubrieron matemáticas
mientras chocaban contra las altas paredes sin final
que enfrentaban los logaritmos con la estética
Santa Teresa levitaba de amor en el laberinto
de la noche oscura del alma ¿quería ser ella Dios?
¿como Dios? los poetas cantaban que sabían
el pasado de la amada sin haberlo vivido
porque estaban en ella eran la misma cosa
escapaban su alma en otras almas.
El amor como excusa sin fin del laberinto
el amor para borrar las cicatrices del encierro
el amor como metáfora de lo que no se tuvo nunca
y haberlo perdido
En este laberinto no había hilo de retorno
al punto de partida
ni minotauros de bufidos horrendos ni
túneles ni oraciones precisas para aventar
el miedo, que todo transcurriera al aire libre
por respirar apenas golpearse la vida
contra los muros de casas verticales
y campos en los que el horizonte inalcanzable
era la única salida
el laberinto lleno de gentes caminando
a caballo en los trenes los coches, los hombres
levantando edificios para los desencuentros
inventando los libros guardados en bibliotecas estériles
para que otros intenten desentrañar futuros
rompezabezas de su vida.
Para creer en algo llenaron de poetas el laberinto
que dijeron amor desde los úteros primeros
cuando los partos justificaron a las madres
los científicos negaron, descubrieron matemáticas
mientras chocaban contra las altas paredes sin final
que enfrentaban los logaritmos con la estética
Santa Teresa levitaba de amor en el laberinto
de la noche oscura del alma ¿quería ser ella Dios?
¿como Dios? los poetas cantaban que sabían
el pasado de la amada sin haberlo vivido
porque estaban en ella eran la misma cosa
escapaban su alma en otras almas.
El amor como excusa sin fin del laberinto
el amor para borrar las cicatrices del encierro
el amor como metáfora de lo que no se tuvo nunca
y haberlo perdido
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